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Capítulo 1:AÑO 1955
Elvis busca inspiración

—No vamos a grabar ninguna de estas canciones que has compuesto. Lo siento pero son una mierda —dice el ejecutivo de la compañía de discos al joven Elvis Presley que, avergonzado, ha acudido a su llamada a su despacho—. Para convertirte en el artista que más discos vende, necesitas componer temas propios. No podemos basar tu carrera simplemente en que interpretes los éxitos que han hecho populares los putos negros. La gente ha de admirarte también como artista creador: compositor, un portento de la música. Tienes que convertirte en el orgullo del pueblo americano. Lo tienes todo para triunfar: físico, voz, personalidad... sólo te falta lo que marcará la diferencia: que de tu garganta salgan un sinfín de canciones nunca antes escuchadas y que emocionen a la gente. Así es como te convertiré en la mayor leyenda de la música.

Elvis Presley tiene un temperamento fuerte. Mientras escucha hablar a ese ejecutivo racista, frena el impulso que le invade de saltar de la silla en la que se encuentra sentado para machacarle la cabeza por decirle la verdad sin tapujos. Elvis también sabe que las composiciones propias que le ha traído son una soberana mierda; Elvis sabe que sólo sirve para ser un altavoz del ritmo inventado por la gente de color y que está tan de moda en el país: el rock and roll. Así que Elvis se limita a seguir con la cabeza gacha y asentir: porque aquel ejecutivo racista ha proporcionado a la discográfica para la que trabaja diez “números uno” rotundos y seguidos. Un éxito sin precedentes. Crítica y público adoran esas canciones: se convirtieron en clásicos desde el momento en que las radios las emitieron por primera vez. Ese ejecutivo tiene un olfato colosal para la música. Conoce el secreto del éxito. Y se había acercado a Elvis asegurándole que, si aceptaba que él le dirigiera, le convertiría en el artista más famoso de todos los tiempos.

—No puedo hacerlo mejor –repone Elvis, dolido en el orgullo— En estas composiciones he dado lo mejor de mí. Se lo dije cuando, hace un mes, me ordenó que le trajera canciones propias. No soy un compositor. No sé crear melodías.

—Irás a ver al Sr. Tarareador inmediatamente —ordena el ejecutivo racista de la compañía de discos— Te reunirás con él y volverás aquí con las partituras musicales de mis nuevos “números uno” debajo del brazo. El Sr. Tarareador es increíble. Conseguirá sacar de tu interior las canciones que necesitamos para que te conviertas en el artista que más discos vende en el mundo.

—¿El Sr. Tarareador? ¿Quién es ese? —pregunta Elvis Presley— ¿Por qué si es un músico tan increíble jamás he oído hablar de él?

—Nunca firma las canciones que ayuda a sacar del interior de los artistas que le envío. Tiene un pasado... complicado: no desea que se le conozca en el mundo del “show business”. Por ello todo el mérito de lo que compongáis juntos será, ante la ley, exclusivamente tuyo. Aquí tienes la dirección de su casa —dice extendiéndole un papel— Te espera mañana, a las nueve de la noche. No vayas antes, su piel no soporta la luz del sol. Lleva tu guitarra. No le digas a nadie a donde vas. Es muy importante lo que te estoy diciendo. Si quieres no sólo llegar a ser el más grande, sino seguir con vida, no le digas a nadie a donde diablos vas y con quien vas a reunirte. Esto no es una advertencia, Elvis. Estoy amenazándote de muerte.

El ejecutivo dice estas últimas palabras sin titubear, como si fuera un trozo de metal cortante, mirando al cuello de Elvis Presley. Elvis advierte que aquel ejecutivo no bromea: que matar es parte de como resuelve las complicaciones cuando se le presentan.

—¿A qué artistas ha ayudado el Sr. Tarareador hasta ahora? —pregunta Elvis.

—A los últimos diez “números uno” seguidos que he conseguido para esta compañía —contesta el ejecutivo racista— El Sr. Tarareador es el secreto de mi éxito. Me ha hecho millonario. Por conservarlo a mi lado soy capaz de cualquier cosa.

—“Es la segunda vez, en menos de un minuto, que el ejecutivo me amenaza de muerte —piensa Elvis—. Si mantener la boca cerrada sobre esas reuniones con ese misterioso músico es el único precio que he de pagar para convertirme en una estrella, no veo dónde cojones está el problema: no soy ningún bocazas. Estaré encantado de componer canciones junto a un genio y que toda la gloria de nuestro trabajo recaiga únicamente en mí”.
Para hacer ver al ejecutivo que está encantado con el trato y que no se siente intimidado por sus amenazas, Elvis decide bromear y reír un poco:

—Antes dijo que ese Sr. Tarareador no soporta la luz del sol. ¿No estaremos hablando de un vampiro, verdad? ¡Ja, ja, ja!

—¿Un vampiro? No digas tonterías, Elvis Presley. Esto es la vida real. Y la vida real siempre supera a la ficción. Siempre.

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