CAPÍTULO 7
Año 1978: Venganza negra

BG.jpg

Berry Gordy (presidente de “Motown Records”) ha citado en su mansión a un joven Michael Jackson (20 años de edad). Le está contando un crimen en el que, hace poco, ha participado:

—Aquel ejecutivo de “Parlophone” era el mayor cerdo racista de la historia —señala Berry Gordy— Dios sabe que merecía la brutal tortura a la que le estábamos sometiendo en el garaje de esta misma mansión. Había violado a la mujer de raza blanca de nuestro amigo “por puta, por haberse casado con un negro”. Encargué su secuestro y, entre los cuatro, estábamos haciendo justicia. Yo no sabía que nuestro amigo, su marido, planeaba matarlo tras torturarlo. O quizá sí. Sea lo que sea ese ejecutivo hijo de puta de “Parlophone” merecía morir. No juzgo a nuestro amigo. Cualquiera con sangre en las venas y con tanta cocaína en la nariz hubiera actuado del mismo modo.

—¿Por qué me cuentas esto Berry? —pregunta Michael Jackson, horrorizado— Sabes que odio la violencia. No quiero escuchar una historia como esta.

—Te la cuento porque necesitas recibir esta información. Te conozco desde que eras un niño ¿Recuerdas, Michael? Los ojeadores de la Motown te descubrieron a ti y a tus hermanos: los “Jacksons 5”. Quincy Jones dijo que ibas a ser el mayor descubrimiento de la humanidad desde la invención de las patatas fritas. A los seis años ya bailabas mejor que el mismísimo James Brown. Interpretabas las letras de las canciones de amor como si fueras un adulto al que le hubieran roto el corazón mil veces. Sabes que yo te trataba como si fueras mi hijo. Incluso te invité a que vinieras a vivir a mi mansión un tiempo, con algunos de tus hermanos. Por aquel entonces empezaste a pedir el mismo deseo, una y otra vez: cada vez que te tirabas en la piscina de esta mansión lo pedías en voz alta, como si creyeras que Dios solo te pudiera escuchar justo en ese momento. ¿Qué pedías? ¿Lo puedes repetir para mí, ahora? ¡Era algo que me encantaba oírte pedir!

—Lo mismo que continúo pidiendo cada día antes de lanzarme en mi propia piscina: ser el autor del disco más vendido de todos los tiempos.

—Ese ejecutivo racista, a cambio de que no le matáramos nos contó una historia con la cual podíamos convertirnos en las personas más ricas del universo. Aseguró que, tras mucho trabajo de investigación, había conseguido localizar a una ingeniero retirado de la CIA. Un ingeniero que había sido el encargado de reparar... prepárate Michael: una máquina del tiempo extraterrestre.

—¿Bromeas? —pregunta Michael maravillado y entendiendo por fin porqué Berry Gordy le estaba contando todo aquello: para entretenerlo como más le gustaba: con historias de fantasía y ciencia ficción.

—Déjame terminar y te maravillarás aún más. Según él, ese ingeniero tras tanto arreglar y estudiar la máquina del tiempo extraterrestre, sabía cómo crear una nueva máquina partiendo de cero. El ejecutivo racista tuvo que pagar cientos de millones de dólares para que el ingeniero tuviera todo lo que necesitaba, incluído valor, para su fabricación. Y, tras un año de trabajo, ya estaba terminada y a punto de poner en funcionamiento. El ejecutivo racista nos dio su localización. Ninguno de los otros negros que estaban allí creyó a ese tipejo. Se rieron de él mientras terminaban de cortarle los dedos con una cizaña. Pero mi lógica me decía que un hombre en inminente peligro de muerte no podía idear una mentira tan imaginativa y con tantos detalles sobre la marcha. Nos contó que, con esa máquina, había surtido de “números uno” a Elvis y “The Beatles” durante décadas. Nuestro amigo disfrutó muchísimo matando a ese cabrón: le cortó la lengua, el pene se lo metió en la boca. Se lo hizo masticar mientras aún estaba con vida. A la mañana siguiente, tras deshacernos del cuerpo, fui solo hasta el lugar donde el ejecutivo racista aseguró, entre gritos de terror, que guardaba la máquina del tiempo ¿Qué tenía que perder? Durante los años 60 mi discográfica estuvo casi en la cúspide. Disponía de los compositores más talentosos del mundo trabajando para mí. Y sólo conseguíamos que un artista o grupo musical, como mucho, tuviera cinco grandes éxitos. Y de esos cinco grandes éxitos, realmente canciones excelentes nunca eran más de dos. Yo miraba de reojo, envidioso, todos los “números uno” que conseguían Elvis y “The Beatles” y pensaba “¿Cómo pueden componer tantas canciones maravillosas?”... Llegué a la dirección que nos había proporcionado: un hangar en las afueras de Alburquerque. Forcé la entrada y allí estaba. Lo que he hecho es traerla hasta aquí y la pongo a tu entera y única disposición, Michael Jackson. ¡Una máquina del tiempo extraterrestre!

Por supuesto, Michael Jackson no creyó que aquello era una máquina del tiempo hasta que la utilizó por primera vez. Berry Gordy le hizo viajar al futuro con un billete de cincuenta dólares.

—Viaja por el tiempo y entra en unos grandes almacenes de 1988; compra un casete de “grandes éxitos”. Luego haces tu propia maqueta con las canciones que elijas de ese casete y se la das a un gran productor, por ejemplo Quincy Jones, para que te ayude con los arreglos finales. Michael, lo tienes todo para triunfar: voz, baile, personalidad, una arrolladora presencia sobre el escenario... y, hoy por hoy, tu carrera se está yendo a pique. No has conseguido un gran éxito desde hace diez años. No sabes lo que me duele verte fracasar. Con un repertorio de grandes canciones llegarías a ser una leyenda mayor que Elvis Presley y “The Beatles” juntos.

...

Sin embargo, Michael Jackson no hizo caso a Berry Gordy. Su primer viaje en el tiempo no fue a unos grandes almacenes de 1988. Ante la posibilidad inminente de cumplir su sueño, se apoderó de él una duda que siempre le había rondado por la cabeza. ¿Sería feliz convirtiéndose en la mayor estrella de la historia de la música? ¿Y si su felicidad la encontraría en el anonimato, con una vida sencilla? ¿Qué destino le esperaba si no volvía a triunfar en el mundo de la música?.

Para poder responder a todas estas preguntas, Michael Jackson decidió que, si aquella máquina funcionaba, su primer viaje en el tiempo sería para ser testigo de la vida que le esperaba si no utilizaba la máquina del tiempo para su propio beneficio.

MJ.jpg