CAPÍTULO 5
“LOVE ME TENDER, BACK”

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Por no pagar el precio que el ejecutivo racista pedía, el Rey del Rock se quedó sin cantar todo el material que encumbró a “The Beatles”. Grabó nuevas canciones, pero mediocres si se comparaban con el maratón de “números uno” con el que “The Beatles”conquistaban, una y otra vez, las listas de éxitos. El declive de Elvis comenzó a agudizarse aún más cuando decidió abandonar la música rock para probar suerte con la canción melódica. “The Beatles” se convirtió en un fenómeno planetario; Elvis en un espectáculo de Las Vegas. Naturalmente el rey del rock tenía conocimiento de que el ejecutivo racista, y por lo tanto el Sr. Tarareador, trabajaban en exclusiva para “The Beatles”. En un ataque de envidia, Elvis declaró a un medio de comunicación que “The Beatles” ejemplificaban lo que él concebía como una tendencia «anti-estadounidense» y que realizaban una apología del uso de las drogas, asunto que podría perjudicar a toda una generación de estadounidenses.

—Deberían prohibir sus discos en USA —declaró.

Los odiaba a muerte. Todos esos grandes éxitos deberían haber sido suyos. Se había equivocado al decidir no pagar lo que le había exigido el ejecutivo racista para que aquel monstruo chiflado siguiera tarareándole “números uno”. Ahora, debido a ese contrato en exclusiva con “Parlophone”, nada podía hacerse.

Su mala decisión le había condenado.

—Hijos de puta...

Fue en un concierto, celebrado en 1970, cuando Elvis Presley dejó de pensar que el Sr. Tarareador era un chiflado. Interpretaba su mega éxito “Love me tender” en el momento en que cuatro harapientos irrumpieron por la fuerza y de imprevisto en el escenario. De inmediato, el equipo de seguridad privado detuvo a tres de ellos. Al cuarto, no. Ese, de raza negra, llevaba un cuchillo. Derribó a Elvis, lo tiró al suelo e, inmovilizándolo, trató de hundirle el cuchillo en la garganta. Elvis necesitó de todas sus fuerzas para esquivar el cuchillo. Dos músicos se lanzaron sobre el atacante: consiguiendo apartarlo del Rey del Rock. Mientras lo separaban, el negro gritó a la cara de Elvis:

—¡Yo compuse esa canción! ¡“Love me tender” es mía! ¡Todos los que me rodeaban creyeron que yo era un fraude! ¡El amor de mi vida me abandonó! ¡Arruinaste mi vida! ¡Tú me mataste en vida, tú te metiste en mi cabeza y me la robaste!

La policía identificó al atacante: su nombre era Reynoldo Doforno: un pobre enfermo mental que vivía en la calle junto a otros drogadictos a los que  había convencido para irrumpir en el escenario.

—¿Le conoce de algo, señor? —le preguntó, divertido, un policía—. Este pobre alcohólico asegura que es el autor de “Love me tender” .

Elvis recordaba el nombre de Reynoldo Doforno. Parecía que fue ayer cuando el Sr. Tarareador le invitó a asesinarlo.

—Por supuesto que no le conozco de nada —mintió Elvis, con voz temblorosa— Jamás he escuchado ese nombre en mi vida.

No hubieron más preguntas. Al policía no le despertó sopechas la voz temblorosa de Elvis: hacía pocos minutos que habían tratado de acabar con su vida. Lo lógico es que le temblara la voz y el cuerpo.

—Ese negro loco cuenta que había firmado un contrato con una discográfica y grabado “Love me tender” —le contó con una sonrisa el policía—. El amor y la vida parecía que iban a sonreírle hasta que todo el mundo escuchó ese tema en la radio, lanzado por ti. Entonces la discográfica le demandó por estafa y su novia le abandonó. A partir de ese momento, afirma que jamás volvió a levantar cabeza.

Elvis Presley comenzó a volverse inestable, desconfiado, paranoico. No tenía a quién contarle lo que le atormentaba una y otra vez: temía que, durante los conciertos, en cualquier momento, los verdaderos compositores de las canciones que le habían convertido en una leyenda se le tirarán encima con un cuchillo: por haberles robado la fama, vivencias y riquezas que justamente les correspondía.

No recordaba todos los nombres que el Sr. Tarareador le había indicado, cualquiera podría ser uno de esos compositores: quizá hasta habían logrado infiltrarse en su vida. Quizá alguno era su chófer o el jardinero o el camarero que le servía una hamburguesa en su bar favorito. Instaló cámaras de seguridad por todo “Graceland”, su mansión.

La conciencia de Elvis le atormentaba: se sentía un estafador, un ladrón: un cantante del montón que tenía una vida que no merecía. Empezó a necesitar “Demerol” y otros tranquilizantes para poder conciliar el sueño. En 1973, Elvis Presley mezcló una sobredosis de tranquilizantes con una gran cantidad de alcohol.

Lo encontraron en el suelo de una de las habitaciones de su mansión.

Muerto.

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