CAPÍTULO 3
“UN AÑO ANTES”

El ejecutivo racista sabía que el Sr. Tarareador no era un demente, sino una persona que ambicionaba montañas de dinero para poder disfrutar de la vida y de sus excesos a pesar de su espantosa enfermedad. Hacía cuatro meses que, por primera vez, se habían reunido en el despacho del ejecutivo racista. Por aquel entonces, el ejecutivo racista estaba al borde del despido. Una semana después, el Sr. Tarareador había tarareado el primer gran éxito a uno de los artistas que representaba el ejecutivo. Antes de tararear el segundo éxito, el Sr. Tarareador reveló su historia al ejecutivo racista. Su historia parecía sacada de una mala novela “pulp” de ciencia ficción:

—Trabajé para la CIA durante años. Agente secreto. Del nivel más alto que existe. Me refiero a un nivel “top secret” de verdad. Bombas atómicas, creación de virus mortales, tecnología extraterrestre...

—¿Tecnología extraterrestre? ¿Me estás tomando el pelo? —sonrió el ejecutivo racista.

—Tal como lo oyes. De vez en cuando nuestras fuerzas aéreas consiguen localizar y derribar naves extraterrestres. Y dentro de una de ellas encontramos una máquina del tiempo.

—Estás chalado.

—Piensa lo que quieras. Los hechos hablarán por sí solos y terminarás comprobando que no miento. ¿Puedo proseguir con mi historia?

—Sí.

—¿Seguro?

—Si no fueras el creador del superéxito musical que ha salvado mi culo dentro de esta compañía y que podría hacerme millonario con las próximas composiciones que me presentes, te sacaría de aquí a patadas. Pero quiero que sigas trabajando para mí y proporcionando grandes éxitos a los grupos que dirijo. Prosigue, por favor.

—La CIA me propuso el honor de ser el primer ser humano que viajara en el tiempo: al pasado y al futuro. Por supuesto, acepté. ¿Quién no ha soñado con hacer algo así? Ya habían probado la máquina del tiempo varias veces con diferentes animales y estos habían viajado y regresado en perfecto estado físico y psíquico. No existía peligro alguno. O eso creían. Lo cierto es que empecé a trabajar como “Agente de campo de viajes en el tiempo”. Hice decenas de viajes. Las misiones que me ordenaron decepcionaron al crío que llevaba dentro. Nada de entrevistarme con Jesucristo o matar a Hitler cuando era un niño. Me encomendaron misiones de espionaje contable que tenían como único objetivo convertir a los Estados Unidos de América en la primera potencia mundial económica. Y vamos camino de conseguirlo, ya ves cómo están las cosas actualmente.

—¿Y qué tiene que ver la música con todo esto?

—Permítame que prosiga. A los pocos meses de usar la máquina vieron que los primeros animales que habían utilizado en las pruebas comenzaban a sufrir extraños daños en la pigmentación y composición de la piel. Sus caras comenzaban a deformarse: a derretirse como si estuvieran hechas de cera. También empezó a ocurrirme a mí. Por supuesto, cuando empecé a deformarme y a debilitarme físicamente me apartaron de las misiones y me despidieron. Se continuarían haciendo viajes en el tiempo. Pero sólo uno por agente: así no enfermaban. Me “jubilaron”: me dieron una cantidad de dinero humilde pero suficiente para que no tuviera que volver a trabajar por el resto de mi vida. Sin embargo, todo ese dinero no compensa la enfermedad que sufro y que me ha convertido, físicamente, en una abominación humana. No hay mujer que se atreva a acostarse conmigo... a no ser que le pague mucho dinero. Además, la enfermedad “del viajero del tiempo” es dolorosa, no sólo no tiene cura, sino que nadie la busca porque sólo yo la sufro. Me han jodido la vida.

—Es una historia cautivante; sin duda deberían de hacer una película con ella, pero sigo sin entender qué ...

—... ¿tiene que ver esto con la música?. Se lo contaré enseguida, tenga un poco más de paciencia. Decenas de esas misiones tenían rumbo al futuro. Cuando regresaba de los viajes por el tiempo, me registraban minuciosamente. Temían que trajera al presente una prueba de que los viajes en el tiempo estaban sucediendo: por ejemplo un almanaque de resultados deportivos, un periódico, un iPhone...

—¿Un qué?

—Da igual. Etcétera. Cuando de improvisto me jubilaron debido a mi enfermedad me advirtieron que, si utilizaba mis recuerdos sobre el futuro para revelar a la prensa los viajes en el tiempo, enriquecerme o proporcionar información al extranjero, me localizarían y me pegarían un tiro en la cabeza.

—Sigo sin entender qué tiene que ver toda esa fantasía con la música y conmigo.

—¿Sabe usted? Me encanta la música. Soy de los que están escuchando los espacios musicales de la radio todo el rato. Un melómano en toda regla. En aquellas misiones al futuro yo no paraba tampoco de escuchar la radio. Si hubierasabido que me iban a jubilar tan pronto habría memorizado los resultados deportivos de los siguientes años. Pero nunca me he sentido atraído por los acontecimientos deportivos. En cambio, soy un fanático de la música. Memoricé, sin propósito alguno, de forma inconsciente, un montón de canciones y datos de sus cantantes y autores. Soy un agente secreto de la CIA: mi memoria ha sido entrenada para ser asombrosa. Recuerdo un montón de canciones que aún no han sido compuestas y que van a entrar en la historia de la música. Tengo oído musical, puedo cantar esas melodías para tus músicos y sé tocar la guitarra. Ellos pillan la canción y la graban antes de que el artista original ni siquiera la haya compuesto. No quiero publicidad ni salir en los créditos de las canciones. Por eso te necesito. Sé que eres un tipo peligroso capaz de hacer cualquier cosa por dinero. Trabajaré para ti, con tus músicos y me pagarás por debajo de la mesa. Si alguno de tus músicos habla de mí tendrás que asesinarlo. Tengo memorizadas más de treinta canciones. Recordar tantos “números uno” puede proporcionarnos tanto dinero como si recordara quién va a ganar la liga de béisbol cada año. ¿Quién se va dar cuenta de lo que estamos haciendo? Ningún compañero de la CIA repite viaje al futuro. Ninguno va a reparar en que el creador de una canción de entre millones de canciones ha cambiado. No van al futuro a escuchar música sino para realizar misiones de espionaje económico. Y si un día reparan en ello estoy seguro de que ya habré muerto de la enfermedad del “viajero del tiempo” o de viejo. Quiero morir siendo el más rico del cementerio.

—Bueno. Si esa es tu locura... no voy a ser yo quien te la cure. Adelante. Mañana te mandaré a unos cuantos músicos para que les tararees nuevas canciones.

—Pero has de prometerme que si alguno va hablando por ahí de mí le silenciarás para siempre. Yo ya no tengo fuerzas para encargarme de eso personalmente.

—Ok. Lo prometo.

—Si no lo haces, desapareceré para siempre y dejaré de surtirte de “números uno”.

—No tendrás que hacerlo.

—Hay un movimiento musical que han inventado los negros. Va a tener mucha repercusión. Me refiero al rock and roll. Me sé una decena de canciones de ésas. Son muy rítmicas, tienen mucha fuerza. Si puedes mandarme negros...

—¿Negros? Ninguno de mis cantantes son negros ni tocan rock and roll. Me dan asco los putos negros. No trabajo con ellos. Ni siquiera tolero estar en la misma habitación que uno de ellos. Huelen mal.

—¿Qué tienes contra los negros?

—Un bate de béisbol.

—Bueno. Como quieras. Sólo era una sugerencia. También me sé otras canciones, más melódicas pero menos innovadoras. Podemos empezar con ellas hasta que encuentres a un blanco que cante como un negro.

...

El ejecutivo racista llegó a creer la imposible historia del Sr. Tarareador cuando este le consiguió su séptimo “número uno” consecutivo.

—Ningún ser humano puede tener tanto talento —se dijo—. Maldita sea... ¡Me ha tocado la lotería!... Esto hay que explotarlo bien. Desaprovecho esta oportunidad si le doy todos esos “números uno” a muchos grupos diferentes. Si le diera todos a un solo cantante, éste se convertiría en un fenómeno de masas. El mundo entero le admiraría. Y ese cantante se convertiría, sin duda, en una máquina de hacer dinero: ventas de discos millonarias, películas, conciertos por todos los Estados Unidos con las localidades siempre agotadas, perfumes en su honor, camisetas con su cara, exclusivas en revistas... ¡Billones y billones de dólares!

Y el elegido, ya que tenía voz de negro y era fan del rock and roll, fue Elvis Presley. El Sr. Tarareador le surtió de canciones y Elvis se convirtió en un mito viviente: en el Rey del Rock.
 

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